Lorenzo G. Acebedo
En ocasiones me gusta acercarme a cualquier librería y ponerme a ojear libros al azar. El de esta entrada me llamó la atención por estar en un lugar destacado, por el título y por la trama, así que se vino conmigo a casa sin pensarlo demasiado.
Claro, estas cosas tienen a veces su riesgo (aunque pocas veces me ocurre), pero es que en este caso ha sido un poco demasiado… qué cosa más mala, más predecible y más cercana a lo que la RAE debe considerar un plagio…
No sé con cuánta base histórica, aunque esto es un tanto irrelevante, el autor coloca a Gonzalo de Berceo como una especie de Sherlock o más bien de Guillermo de Baskerville (ahora se entenderá lo del plagio) en el monasterio de Silos. Y si bien el comienzo de la historia parece medianamente prometedor, hacia la mitad del libro uno anda ya penando y deseando que se termine (soy de los que no pueden dejar las cosas a medias, a pesar de que sean tan malas como este ejemplar). Y no sólo es que la cosa vaya empeorando a nivel de la narración, sino que no hay un monje decente en el monasterio (el que no es un borracho, es un mujeriego, y el que no ambas cosas a la vez) y el autor aprovecha para atizar con todo a la Iglesia – que sus muchas cosas malas tendrá, claro está, pero si te inventas tú el balón y lo pones en la raya de gol sin portero, es seguro que marcas por más torpe que seas.
Lo más llamativo del libro son las frases que lo acompañan por los críticos literarios, para no perdérselas:
Hay en este autor enmascarado bajo un seudónimo un gran escritor agazapado… capaz de lanzar en medio de una trama detectivesca guiños de altura, pensamientos profundos y sagaces, párrafos soberbios sobre el amor, la vida y la escritura
Una novela criminal en la que Berceo parece un poco Bogart, un poco Pantagruel y un poco Alatriste
Casi mejor no seguir, lo único que a mí me queda claro es que los críticos no se leen los libros hasta el final (al menos estos).
En fin, el que avisa no es traidor y que no se diga que yo no avisé.
